domingo, 22 de enero de 2017

Relatos de ninguna parte

En un pasillo cualquiera

19 de octubre de 2016 5:30 P.M.

     "Nada encaja. Estoy frente a una pizarra, dentro de un aula repleta de personas, mas todo este escenario delante a mis ojos no encaja. Me siento solo, con el pecho disconforme, y con la nariz repleta de un olor extraño. Me siento triste. Traicionado. Iracundo.

     Observo a las personas que ahora se han convertido, por más cliché que suene, en mi segunda familia. Hoy todos parecen extraños.

     Me levanto y me dispongo a salir. Estoy lastimado.

     Mi cabeza está repleta de tormentas. Me encuentro caminando fuera de la escuela, y ahí los veo.

     Al frente, una chica -en realidad, su rostro revelaba pertenecer a una mujer- se aferraba, como un naufrago a un mástil a la deriva, a un joven que la mantenía entre brazos como a una llama, como si fuera una ráfaga de aire.

     Su cara estaba poseída por el dolor, siempre pesado, que la hacía lucir mucho más joven, y a la vez, mucho más anciana. El nudo en mi pecho se deshizo.

     Mi dolor, por un instante, fue el de ella, y viceversa. Quise ser esa mujer, y encontrarme entre los brazos de alguien que me sostuviera como al ser más precioso en el universo a punto de romperse. Por un instante quise ser él, y consolar el sufrimiento que nos aquejaba, a ella y a mí, quería reconfortar.

     Pensé, ¿todos tienen alguien que calme el dolor con un abrazo?

     Continué mi camino, por un instante me sentí el ser más solitario del mundo. El día estaba cargado de pesimismo. De pronto encontré que no sabía escribir, que no estaba viviendo, que el muro celeste se levantaba pesado e infinito.

     Como una broma del destino, la hora más nefasta para mí, fue una de las más alegres. 3:00 AM marcaba el reloj al levantarme, y 7:00AM al llegar al campus.

     Estaba haciendo frío, el cielo estaba gris, hermoso. Al dirigirme a mi destino, sentía la lluvia besarme, la caricia del viento helado, me sentía vivo. El hielo que habita todo hombre cantó en conjunto con el gélido clima, aspiré profundo.

     El frío suele compararse con la muerte. Yo, en medio de tantos soplos, no podía sentirme más vivo. Recordarlo, empeoró mi ensimismamiento.

      Las horas transcurrieron. Solté una excusa para evitar irme junto a los demás.

     Hice el camino a casa solo, por vez primera en tres meses. No oigo a nadie más que a mi. Cierro los ojos, mi cabeza contra las paredes de un vagón vacío. Quiero deshacerme en un suspiro.

     Todo parece ser caos, lo que hay en mí, en mis palabras, en el mundo."

domingo, 8 de enero de 2017

Palabras

    

     Crear. Destruir. Edificar. Acciones que parecen poder ser llevadas a cabo con las palabras y como se esparzan en el espacio.

     Existen genios, conocedores de este hecho, que las manejan desde el nacimiento, que eligen las mejores palabras a su alrededor, en un acto creador similar a un génesis, para contar las más diversas e increíbles historias.

    Genios mentirosos. Capaces de hablar de honestidad con la boca llena de deformaciones de los hechos. Que hilan las historias a conveniencia, para poder decir en algún punto "Yo soy mejor, mucho mejor que tú".

    Genios que mienten y deforman, no buscando colocarse en un pedestal, sino porque conocen suficiente del mundo. Su máxima de "Las mentiras nos mueven" cuando llegó a mis oídos la primera vez, despertaron cierto tipo de confusión. Yo, iluso siempre, creí que era una forma muy triste de ver la vida.

     Luego descubrí que era en cierta forma "verdad", pero no podía aceptar que fueran mentiras las que nos movieran. Yo deformé la línea anterior, más que las mentiras, quiero creer que nos mueve el desengaño.

     Los hombres son -somos- terribles mentirosos. Temerosos a la pérdida y a encontrarnos sumidos en un estado gobernado por fuerzas superiores a nosotros, creamos escapes a la realidad pesada que nos arrastraría hasta uno de los estados más animales que poseemos, el de la desesperanza.

     Pero ese baile entre mentir y descubrir una mentira -para luego superarla- nos mantiene en un constante vals a veces fundido uno con la música, otras a destiempo con el ritmo, pero siempre constante y armónico.

     Aún conociendo este hecho maravilloso, que ha guiado mi vida durante años, y la seguirá llevando de la mano. No puedo dejar de sorprenderme con lo ingeniosos que pueden llegar a ser algunos mentirosos.