martes, 21 de marzo de 2017

Odas Rotas

Para dos almas enormes.


     Conozco a dos gigantescos seres: Una con los cabellos cortos, multicolores, llena de vida. Es luz, calor, fiereza. Él, coloso, en mi vida había dado con figura tan plena, un brillante candil, un hombre que roza la niñez en sus horas más felices, pero repleto de horas nefastas.

     Son parecidos. Estructuras bestiales. Bajo sus sombras me movía. Ambivalencia de calores; era fácil hallarlos como uno, imposible confundirlos a su vez. Sapiencia, sabiduría, edades confluidas.

     Nunca he mencionado palabra alguna de lo abrumadora de su grandeza. Los elegí como mi hogar, admirado, y me acune en sus pedestales. Algunas veces, cuando me encontraba entre ambos, temía ser aplastado. Y aun así, era un puesto privilegiado el hallarme allí: Los he visto sangrar, su tinta ha llegado a mis manos de alguna forma, sus imágenes y sus historias llenan mi mente; su cariño ha llegado hasta los pozos más pútridos de mi pecho. 

     Nunca pude alcanzar su altura, no lo necesite tampoco. Le temo –aunque la añore- a la soledad de la grandeza. Ustedes también le temen a la soledad, lo he visto: gigantes pero humanos; humanos pero gigantes. Esta es una oda rota, porque los hombres no merecen, ni desean, la inmortalidad. Este himno es para ustedes, que se han encontrado tanto arriba, como en la más profunda mierda. 

     Amé las sonrisas pintadas, las lágrimas regaladas, toda la vida despilfarrada junto a ustedes. Me descubría usando sus tonos, sus maneras, sus ojos. Y sabía que no era lo que querían: no buscan copias, seguidores. Buscan compañeros, momentáneos quizá. No me queda más que agradecerles: Yo, niebla, fui elegido muchas veces como acompañante. 

     Tú la belleza atrayente, vibrante, que tantos han querido inmortalizar. Dulce fuego de la vida, también llama asesina. Mujer de garganta atigrada. Tú el cantar de tiempos de antaño, mago encantador, hombre entero, infante, capaz de inmortalizar la más fúlgida belleza, amé y aprendí a reconocer tu risa, tus ojos, como de ella aprendí a amar la voz, los labios rápidos, paralizados, en un intento por volcar al mundo las acuosas palabras, a veces oscuras, que en sí nacían. 

     Si algo es la belleza, si algo la humildad, la excelencia, la lealtad. Son ustedes: Nombres y manos

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