Metamorfoseo-a
La vi. En medio de una cúspide, cercada por dos arcos de formas punzantes, cual colmillos, que herían el cielo. Cabellos largos, oscuros, intocables. Su sola figura ya era suficiente para temerle. Daba la espalda. Sus caderas sobresalían, rozaba el suelo, siempre aérea, siempre suspensa.
Apenas hay viento. El ambiente tenso. La noche no brindaba estrellas. Muslos perfectos, tobillos brillantes. Lamo su aura, bebo su aire. Esperando. Imaginando lo que sería de mi si llegara a girarse.
Sus ojos me miran. Me miran confundidos. Enuncia con ellos. ¿Qué esperas?
Desaparecen la noche, las cumbres, el suelo y el cielo oscuro. La figura ya no es la misma, cambia. Ahora un hombre frente a la puerta. Sus ojos ya no preguntan, ordenan.
Me apresuro. Ambos callamos mientras la puerta hace un ruido seco. Un abrazo, un leve roce. Su cuerpo se escabulle para trepar por las escaleras al fondo del recibidor. Lo sigo. La sangre caliente recorre mi antes nervioso pecho. Vibro.
Esta vez no es la figura a mitad de la noche la que me espera. Solo sus ojos son los mismos. Gobiernan el momento. Mira con lo animal que existe en ellos. Puedo sentirle relamiéndose los sentidos, prontos.
¿Qué? Estás hermoso. Mientes, estoy destrozado.
Mencionas todo en tono burlón, casi despectivo. Destrozado para ti es tener solo un trozo de tela cubriéndote las piernas. Lo suficiente para que estas asomen, bellas, tensas. Tú. ¿Qué vas a saber de destrozos si no devoras todavía mi carne?
Sucede la comunión. Bebes y comes de mí.
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